Óscar Vladimir Martínez*
El ambiente aún huele a humo, a sangre y a tragedia. Miles de oficinistas pasan por ese sitio diariamente, los que transitaron ahí por la mañana del 4 de noviembre no imaginarían, ni por error, que unas horas después una masa de acero y fuego caería devastando calles de las Lomas de Chapultepec en la delegación Miguel Hidalgo.
Son alrededor de las 10 de la noche y cientos de policías, paramédicos y peritos laboran en el sitio recogiendo lo que quedó. Lo que en algún momento fue un Learjet 45 y coches último modelo, ahora sólo son un montón de fierros retorcidos. El edificio de cristales ahumados ya no es negro, cambió repentinamente su color a grisáceo y por días se mantendrá cubierto de cenizas tal vez del combustible de la aeronave, tal vez del pavimento del suelo que se hizo trozos.
Hasta el momento, el Gobierno del Distrito Federal ofrece el saldo fatal de unos segundos de tragedia: 13 personas fallecidas, más de 40 lesionadas, 20 vehículos destrozados y una larga cuenta de daños materiales. La relación de fallecidos tiene en los primeros nombres el de Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación y el ex titular de la SIEDO, José Luis Santiago Vasconcelos, pero también incluye a conductores y a peatones, quienes tuvieron la mala suerte de estar en el peor lugar y en el peor momento.
En el pequeño parque cercano al sitio del impacto quedan sobre el pasto, fuera de los peritajes, papeles que tal vez alguien revisaba sentado en la banqueta en ese momento. Una estampa de Cristo y el resto de una copia fotostática con un informe del dinero acumulado en la cuenta de retiro de alguien quedaron ahí tirados, con los bordes quemados. A él o ella le habían cobrado 469.16 pesos en el último mes por comisiones.
El ulular de las sirenas continúa, los militares y agentes federales resguardan el sitio; no falta la pelea entre el camarógrafo que quiere pasar hasta el lugar del impacto y el policía que tiene la orden de “nadie pasa”. A lo lejos, se ven conos amarillos con números: 8, 9, 10, probablemente señalan el sitio donde murieron las personas que ahí se encontraban.
Los reporteros hacen bulla, se intentan colar en medio de la valla de gendarmes. Los especialistas trabajan recogiendo pedazos de avión regados por la zona, por ahí, a lo lejos se ve parte de una de las alas. Será, dice un reportero, la Zona Cero mexicana.
Lo cierto es que no es la primera vez que este tipo de incidentes ocurren: hay quienes recuerdan que a mediados de los años 80 una pequeña avioneta intentó aterrizar en el Eje Central en el Centro Histórico. O bien, el accidente en septiembre de 2005 del helicóptero en el que viajaba el secretario de Seguridad Pública federal, Ramón Martín Huerta, que se desplomó en un lomerío de San Miguel Mimiapán, Estado de México y en el que murieran todos sus tripulantes; también la muerte del gobernador colimense Gustavo Alberto Vázquez en el municipio michoacano de Tzitzio en febrero de 2005; o que tal el ex alcalde de Tultilán, José Antonio Ríos Granados, quien el 2 de octubre de 2007 falleció al venirse abajo la avioneta que tripulaba.
Esta vez, el percance no sólo alerta por la magnitud de los daños y las consecuencias. Ahí falleció el secretario de Gobernación, considerado por muchos como el segundo al mando en el gobierno federal.
Lo cierto es que el mundo y el país mañana no serán los mismos. En la misma noche se dio a conocer quien gobernará en Estados Unidos y que el encargado de la política interior en México falleció trágicamente. Mañana será otro día.
* Periodista
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